"No cuentes conmigo cuando te encuentres solo: puede traicionarte
la melancolía. No viajes conmigo si conduces: puedo obnubilar tus sentidos. 
No me trasiegues sin medida: disfrútame con lucidez inteligente. 
Son consejos de amigo. Soy el Vino"
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Los caminos de Sancho Panza - Sancho Panza el Escudero - Los amigos, las posadas y el vino.

Escribe Ricardo Brizuela.

¿Sancho Panza, escudero y catador?

Como seguramente habrán leído muchos de ustedes, hubo una época en que ciertos libros ocupaban el tiempo y el talento de incontables hombres que trascendieron en la historia, precisamente por las historias que contaron. Tal es el caso de aquel escritor, don Miguel de  Cervantes Saavedra,  de cuyo talento toda España da cuenta, y al que la humanidad debe agradecer la mayor obra literaria del idioma español. No voy a relatar aquí la vida de tan brillante figura, aunque seguramente seguiré hablando de él en diferentes capítulos de estas, mis memorias, llamadas "Soy el Vino". Solo quiero ubicarlos en aquellos años, en ese territorio y en aquel tiempo - digo - en que los hombres se miraban unos a otros y se reconocían como entes evolucionados, en un mundo que comenzaba a delinear los primeros oficios que algunos se adjudicaría para convivir en sociedades de relativa organización.

Seguramente, esas ocupaciones determinaba la importancia de cada uno, y ellas con las diferentes poseciones, riquezas y honores iban definiendo qué valor tenía alguien para sus semejantes, ya sea por sus capacidades (los artesanos, maestros, sacerdotes), los oficios (agricultor, cantinero, escudero) o su prosapia (la historia de su  familia) habían adquirido. En este sistema comenzaron a separarse en grupos, que posteriormente se llamaron "sindicatos" y en los cuales se integraban: carpinteros, constructores, herreros, panaderos, sastres, etc.

Comenzaba de esta manera una efectiva y perdurable unión de voluntades que se autoprotegian  para defenderse, defender sus derechos y reservarse un lugar para ejercer sus respectivas ocupaciones.

Mas adelante voy a detallar este proceso, en el que también yo tuve protagonismo junto al hombre.

Pero hoy quiero contarte, puntualmente, sobre el trabajo, los días y los hechos generados por nuestro personaje de rica experiencia. El relato que voy a comenzar gira en torno al trabajo del escudero (o asistente o "mojón", como llamaban al prueba vinos) de los caballeros que fatigaban los caminos que ya habían caminado siglos antes, millones y millones, trazando el mapa de la civilizaciónes, en Oriente y Occidente.

Ocurrió que en tanto Don Quijote - este personaje del que habla don Miguel de Cervantes Saavedra - se recluía en su habitación para recuperarse de la fatigosa marcha por los caminos de La Mancha montando al paciente Rocinante, su caballo, Sancho - su escudero - atendió el forraje y el agua para los animales.

Habían llegado en una marcha cansina, transitando un camino polvoriento, atravesando terrenos yermos que se extendía hasta el horizonte, salpicado de vez en cuando por islas de verdes cultivos.

Sancho se dirigió, no bien estuvo desocupado, al borde de una batea con agua. Allí desnudó su torso; se lavó sacudiéndose el agua con las dos manos, para sentir el efecto refrescante del líquido en la cara, la cabeza, las axilas y los brazos. Se entretuvo un rato, y se secó con el aire del atardecer que le traía fragancias de flores del campo cercano. De buen humor entró al hospedaje, y eligió una mesa.

El establecimiento se parecía a todas las ventas - lugar de "ventas" de artículos variados - que acogían a viajeros de todas las edades que iban y venían.  Eran igual de incómodas, pero todas disponían de una sala para comer un bocado, beber un vino; dejando pasar el tiempo, escuchando charlas ajenas, noticias atrasadas y bravuconadas de enfrentamientos con monstruos o caricias de doncellas, que habitaban sólo en mentes afiebradas.

Arrimó una silla y acomodó su corpachón redondo y grandote. Pidió una jarra de vino y se dispuso a disfrutar de un descanso bien ganado, según el entendía.

En eso estaba cuando entró otro sirviente que conocía vaya a saber de qué encrucijada, y que compartió con él otro lugar ajeno, mirando los mismos objetos tristes a las que transformaban en paraísos a golpe de imaginación, palabras y risotadas. Se alegró mucho pues podria contar  con un igual con quien compartir las peripecias del viaje, que lo llevó hasta allí con su señor don Quijote. Así, despues de los amistosos saludos, ambos se abocaron al disfrute del vino de la posada. Sabia Sancho que deberia informar a Don Quijote, de las bondades o los defectos de aquella bebida.

El vino no era por ese tiempo, una afición de la que pudieran hacer gala los caballeros en los polvorientos caminos o en elegantes salones. No era bien visto que un señor de linaje, fuera asistido por los efectos del alcohol.

En tanto, las Jarras desfilaban, para disfrute de Sancho y su amigo comenzaron a hablar:

- Buen Vino, amigo Sancho ...- Dijo el sirviente, como para inciar la charla. Sancho no le respondió. Su amigo insistió en el comentario.

- Un largo viaje merece la gracia de un vino como éste. - sostuvo.

Miró Sancho al amigo y en medio de un movimiento de la jarra a sus labios, replicó:

- ¡No me agrada el vino, tiene gusto a cuero ... y a fierro viejo!

El amigo sabia que si insistía, tal vez ocurriera un incidente. Eran ya varias las jarras consumidas. Asi es que tuvo el buen tino de cambiar de conversación, aunque en su fuero íntimo siguió pensando que el vino era bueno, y ambos continuaron juntos un buen rato, hablando de bueyes y gallinas perdidas. Todo en medio de grandes carcajadas.

Al día siguiente, Don Quijote y Sancho reanudaron el viaje.

Pasó mucho tiempo; las aventuras de ambos por los polvorientos caminos de caballería fueron registradas - como dije antes - por la imaginación de Don Miguel de Cervantes.

Al regreso de este viaje, Don Quijote y su escudero volvieron a hospedarse en el mismo establecimiento.

Fueron recibidos por el dueño, con grandes muestras de amistad. En un momento a solas, el ventero preguntó a Don Quijote:

- ¿Podeis decirme, señor, si habeis dejado unas llaves aquí, en esta vuestra humilde casa, en el anterior viaje?

Don Quijote quedo sorprendido. No recordaba haber notado la falta de llave alguna. Sin embargo, preguntó:

- ¿La habeis encontrado acaso? ¡Mostrádme!

El ventero abrió su puño y le entregó un par de llaves de metal oxidado, diciendo:

- Una vez que os fuisteis, limpiamos la barrica de la cual vuestro escudero bebió, para recibir un nuevo vino. Estas llaves se encontraban en el fondo...

Don Quijote no las reconoció como suyas. El ventero insistió:

- También estaban unidas con este llavero...- dijo, mostrando unas tiras de cuero viejo y retorcido.

Una sonrisa cruzó las flácidas facciones del caballero. Recordó aquello que le informara Sancho, luego del brindis con el otro sirviente:

-.... el vino no es malo, mi señor, pero le he notado un ligero gusto a metal oxidado y cuero viejo...!

Nadie supo nunca quien fuera el dueño de las llaves y el llavero de cuero. Don Quijote, en solitario, disfrutaba del recuerdo de aquella confidencia de Sancho: ¡habia notado la presencia en el vino de metal oxidado y cuero viejo!

Así, Sancho el escudero, extendió su fama como catador de vino, al servicio del caballero Don Quijote de la Mancha, quien ponderaba en cada ocasión que podía, sus conocimientos sobre vinos de la comarca que visitaran.

 

Fin del Capítulo 11

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