Los buenos vinos están hecho de uva, tiempo… y leyenda.

Ene 31, 2019

Muchos reconocen un buen vino a través de sus sentidos. En realidad es lo habitual. El más difundido criterio en la difusión del producto, radica en las satisfacciones que provoca al paladar, las notas de su melodía derramándose desde la botella a la copa (les aseguro que cada vino tiene sonido distinto siempre de acuerdo a su personalidad. Esta “escandalosa” observación puede ser corroborada por especialistas de acuerdo a valores físicos y de composición química), el olfato y la vista. También tengo algo que decir del tacto, pero ya es un tema en que las certezas son esquivas y comprometedoras sus referencias. Sin embargo sí les voy a hablar de otros reflejos, como son la historia, las leyendas, los recuerdos y hasta las casualidades provocadas por referencias circunstanciales. Veamos:

 

VINOS PARA EL RECUERDO

En los años 70 pasados, dejaba mi trabajo como director de un diario en Argentina, y viajé a Estados Unidos para llenarme de cosas nuevas, como terapia. Por supuesto la actividad de la vitivinicultura era todavía casi incipiente, aunque ya había ocurrido el famoso “Juicio de París” en el cual un vino californiano superó en la apreciación de expertos, a los más famosos de Bordeaux. Estando desocupado me dedique a la geografía californiana. Recorrí sus pueblos, tomé notas y pregunté sobre todo lo que me llamaba la atención. Por ejemplo: el nombre de Murrieta me atrajo singularmente. Era el de un pueblito (entonces) en el sur de California en lo que se ha dado en llamar el “oeste profundo”. ¿Por qué? Porque sabía de un homónimo en España que se refería a un Castillo muy cercca de Logroño que perteneciera a un noble español y en el que había una Bodega con buenos vinos.
Murrieta

Era el Castillo de Ygay, sorprendente construcción que había pertenecido al Marqués de Murrieta. Consulté esa historia y me contaron dos versiones: una de ella era que el pueblo había sido obra de dos hermanos de España, que habiendo probado suerte en América, habían regresado a Vizcaya, de donde procedían. La otra era más inquietante: según ésta, un Murrieta había sido el personaje de “oficio bandido” sobre el que se construyó la historia de la famosa serie “El Zorro”. Falso: estando mucho después en Madrid, asistí en mi hotel a una cata donde conocí un vino excepcional de la riojana bodega del Marqués de Murrieta. Esta historia, la verdadera, la conté año después y fue íntegramente publicada en la Revista de Diario del Vino. Aquí está para que lea el origen hace casi 170 años, de esta reliquia de la historia de España. Desde entonces, lo he tenido en amable estima. También desde hace tiempo hago referencias a él en Diario del Vino. Esta es la primera leyenda que rodea la hechura de un vino que me apasiona por lo que es y por su historia en mi segunda patria, o primera – como se vea - La Rioja española. Y – además - su contacto con la realidad de Hispanoamérica (En realidad el Marqués de Murrieta nació en Perú).
Muga

Un segundo vino – sobresaliente – tiene grata historia en mis recuerdos, y un lugar de preferencia en las referencias que acostumbramos a hacer de ellos en estas páginas. Estos son los vinos de Bodega Muga (por favor vea este video instructivo al final de la página), de una ubicación con vocación viajera y viejo cuño vitivinícola. Se trata de la Estación de Haro, donde la empresa ocupa desde su creación a principios del siglo XX, un espacio vital e histórico. Su trayectoria se condice con la dedicación de una familia y su continuidad de generaciones, cumpliendo el rito que le da continuidad al entramado del nacimiento y desarrollo de un vino. La viticultura, la cosecha, la transformación de la uva en vino y el descanso del vino en cunas de robles, en trabajados toneles de hechuras propias, respetando ancestrales ceremonias de fuego y tuestes. Los vinos de Muga constituyen en Diario del Vino un tema referencial y recurrente. Los conocí cierta vez que estuve en Madrid para cubrir Fenavin, y me entusiasmaron de verdad.
Bodega Etchart

De un tercer vino he hablado poco hasta ahora. Y este recuerdo sobre él surgió precisamente en estas horas previas del fin de semana. Pero la historia viene enhebrándose desde hace tiempo. Ocurrió como es habitual en un viaje. Este también con destino Miami, precisamente cuando se iniciaba el boom de los malbec de Argentina en Estados Unidos. Ocurrió cuando estaba entrevistando a uno de los mayoristas internacionales más importante que provee a los yates del Caribe. Recuerdo el detonante: “Yo considero – me dijo – que los mejores malbec hoy están siendo hechos por la bodega de San Pedro de Yacochuya, de Cafayate”. Me tomó de sorpresa. Pero, analizando lo dicho, indudablemente había motivos para asegurar tal cosa.

San Pedro de Yacochuya, es un emprendimiento que iniciaba hacía poco tiempo entonces don Arnaldo Etchart en Salta, Argentina. En ese momento no era fácil todavía relacionarlo al hombre con esta información, pero era ya un empresario conocido, dueño de Bodegas Etchart de Cafayate, en los Valles Calchaquíes. Recuerdo de él un Torrontés que ilusionaba: fragancia a fruta y perfumes de niñas. Gusto sencillo con cercana acidez. Un blanco con notas amarillas que despertaba el ansia de mucho más en tardes de verano en La Cruz del Sur. Este vino estaba (está) hecho en el “cielo”, a más de 3.000 metros altura. Don Arnaldo fue el primer bodeguero argentino que descubrió al mundo las delicias del Torrontés argentino, casi una uva autóctona del país. Desde entonces pienso por qué la Torrontes no merece de parte de las bodegas argentinas el mismo tratamiento de marketing que el Malbec. Pero menciono el malbec y no quiero desviarme.

También don Arnaldo Etchart fue gestor de la presencia de un personaje internacional, hoy con señales de “che” argentino. Me estoy refiriendo al francés más nombrado en América y el mundo: se llama Michel Rolland. Rolland – entre otras de sus actividades – tiene un fuerte malbec en la cuna del malbec, Cahors. Se llama Pigeonnier y es de Chateau Lagrezette.

De ahí proviene la referencia aquella de mi amigo el proveedor de vino de los yates del Caribe. Etchart fue el primero que confió un proyecto de envergadura a Rolland en Argentina, y creo no equivocarme si aseguro que a él se debe esa suerte de empuje con que se impuso el malbec en el mundo, y que motivó el estudio en Instituciones Educativas en materia de Marketing.

Desde entonces muchas cosas han cambiado: Don Arnaldo ya se fue. La proximidad con el cielo en los Valles Calchaquíes lo convenció de explorar otras reservas verdaderas del hombre: precisamente el Cielo.

A cargo de Bodegas Etchart se encuentra una fuerte empresa, que mantiene y multiplica los sueños y los logros internacionales del antiguo dueño, con la misma calidad.

En cuanto a San Pedro de Yacochuya, también su actividad pionera sigue la historia. El fallecimiento de don Arnaldo (Murió el 28 de agosto de 2017) le insufló sangre de nuevos protagonistas, de su sangre. Pero esto es otra historia que se las debo, porque me prometieron actualizarme sobre el tema. Espero que así sea. Sin embargo hasta aquí llego con esta crónica.

La libertad de escribir se termina en el límite de la paciencia del lector, y no hay que abusar de ésta. Estoy pensando seriamente en emprender otro trabajo para colgar mi memoria total sobre el vino.

En tanto, sean felices con el vino que les gusta.

Ricardo E. Brizuela

Ultima vez modificado Jueves, 07 Febrero 2019 01:07